Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

La voluntad

dilemaLa ética surge de la necesidad de deliberar, optar y acometer distintas formas de vida. Somos responsables de nuestra propia vida en la medida en que individualmente elegimos, razonamos y nos apropiamos de nuestra propia conducta. El conjunto de nuestras acciones, nuestros afectos, nuestras decisiones y los avatares de la fortuna componen el conjunto de lo que podríamos describir como una vida. Sin embargo, de ese complejo entramado sólo podemos distinguir como acciones propias aquellas que realizamos voluntariamente.

La voluntad es aquella facultad que nos lleva a desear, a elegir entre un comportamiento u otro con vistas a la consecución de un fin. Nuestro actual concepto de voluntad proviene del latino voluntas, término del cual deriva en lenguas como el italiano o francés el verbo “querer” (volere, vouloir). Así, cuando un italiano tiene hambre es probable que nos diga io voglio mangiare: “quiero comer”, haciendo referencia a su voluntad. De hecho, el verbo castellano “querer” deriva a su vez del latín que, en su original (quaerere), significaba tratar de obtener algo. La voluntad, por lo tanto, podría describirse como un querer, como un deseo de obtener algo para lo que racionalmente dispondríamos distintos medios.

Aristóteles, en su Ética Nicomáquea, determinó que sólo los actos voluntarios serían relevantes para el discurso ético. Esta idea nos acompaña hasta nuestros días por lo que, en el ámbito jurídico, se discrimina entre la voluntariedad o involuntariedad de una acción a la hora de imputar a un acusado. Del mismo modo ocurre para la ética. La responsabilidad moral existe sólo en la medida en que asumimos como voluntaria una acción. De este modo, podemos decir que “somos aquello que hacemos” siempre y cuando podamos responsabilizarnos de nuestra conducta. Tal es el caso de las acciones voluntarias, aquellas acciones en las que teniendo el suficiente conocimiento somos capaces de elegir, conforme a nuestro querer, qué camino debemos seguir. Si el hombre no pudiera decidir su comportamiento o si las decisiones nos fueran impuestas de antemano no tendría ningún sentido preguntarnos por cuestiones éticas.

La ética existe, precisamente, en ese espacio de indeterminación donde irrumpe nuestra voluntad. Para ello habrían de presentarse por lo menos dos opciones, dos caminos entre los cuáles debemos elegir. Ahí, probablemente, se enfrentarían razones de todo tipo y estaríamos obligados a deliberar acerca qué conducta debemos llevar a cabo. Es habitual, al abordar cuestiones éticas, escuchar un argumento en el que se describen estas dos opciones del siguiente modo: una es la opción que quiero elegir y otra la que debo, a la que no pocos contestarían que siempre debemos obrar conforme a nuestra voluntad. Tal es el significado de nuestra expresión “hacer lo que nos da la gana”, una máxima perfectamente asumible en ética.

Sin embargo, si atendemos a la descripción aristotélica encontraremos que siempre, de un modo o de otro, estamos haciendo aquello que “nos da la gana”. Si debo elegir entre estudiar o no estudiar para el examen de la semana que viene podría describir el dilema del siguiente modo: “no quiero estudiar porque prefiero ver la televisión pero sospecho de que debo estudiar ya que es importante aprobar todas las asignaturas”.. Esta interpretación de la voluntad o, más sencillamente de nuestro “querer”, sería un tanto restringida. Para Aristóteles la voluntad no se compone simplemente del deseo inmediato sino que aparece vinculada a la reflexión y a la deliberación por lo que, si decido quedarme en casa, será porque finalmente quiero en mayor grado aprobar los exámenes que salir con mis amigos o ver la televisión. Así, en ocasiones deseamos opciones contradictorias y estamos obligados a preferir. De nuevo, en latín “preferir” (praeferre) significaba poner por delante, elegir una cosa antes que otra. Por ello, siempre que hagamos algo voluntariamente (conforme a nuestra voluntad) estaremos obrando con arreglo a nuestro querer. El querer no es, entonces, un simple apetito nutrido de un deseo irracional sino que a través de la reflexión y la deliberación nos permitirá escuchar distintas razones que orienten nuestra voluntad en una u otra dirección. Por todo ello, el objeto de la ética no será sino nuestra propia voluntad. Asumido que siempre haremos aquello que queremos hacer (entendiendo este querer en un sentido amplio) el ideal aristotélico consistiría en poder educar nuestra voluntad hasta ser capaces de preferir cabal y juiciosamente las mejores opciones para nuestra vida.



escrito el 15 de abril de 2009 por en General

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1 Comentario en La voluntad

  1. gustavo salcedo t | 02-09-2013 a las 18:19 | Denunciar Comentario
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    Quise saber el significado de la palabra voluntad porque auque ya es tarde para mi salud mi mayor deseo es dejar de fumar, yo se que puedo porque ya lo hice y dure dos años sin fumar. ahora que se el significado de la palabra voluntad me dedicare a buscar el o los motivos por los cuales fumo, aunque dicen que no hay ningun motivo para fumar considero que si existen motivos, ejemplo la falta de delicadesa de una persona que entre a mi taller i ni siquiera pregunte que le debo por la revision.y esa actitud de las personas me ponen a mil.pero lo mas importante de todo es que me acabo de dar cuenta que tan pronto el cliente salio de mi taller me sente en mi computador y segui escribiendo estas lineas, sera que debo estar mas ocupado para nisiquiera tener tiempo de pensar en el cigarrillo.

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