¿Para qué vivir?
¿Por qué vivimos? Esta sería, sin duda, una pregunta de alcance filosófico. Puede, incluso, que existan demasiadas respuestas posibles y, también es probable, que detrás de esta formulación se esconda no una sino, muchas preguntas diferentes. Sin embargo, una pregunta tan abstracta como esta podría alcanzar un sentido cotidiano si en vez de formularla de una manera tan genérica tratamos de ajustarla a un lenguaje más cercano. Así, en vez de preguntarnos ¿para qué vivir?, o ¿por qué vivimos?, tendría sentido mundanizar la pregunta hasta transformarla en otra fórmula mucho más asequible: ¿por qué hacemos las cosas que hacemos?

Aristóteles, genial, como tantas veces, intuye al inicio de su Ética Nicomáquea que detrás de esta pregunta se esconde el verdadero sentido de todo discurso moral. Los hombres y mujeres estamos constantemente realizando acciones: escribimos, comemos, acudimos al trabajo, conversamos, vamos al supermercado… y detrás de cada una de estas acciones se esconde un propósito distinto. Hacemos cosas porque queremos obtener un resultado y cada una de nuestras acciones está promovida por la consecución de un propósito. Una biografía perfecta sería aquella que describiera, con todo detalle, el conjunto total de las acciones de un individuo y así, diremos, la suma de todo lo que hacemos sería una cabal descripción de lo que es nuestra vida.
Si pudiésemos encontrar un propósito común a todas las cosas que hacemos habríamos encontrado respuesta a la pregunta que anteriormente formulamos y podríamos dar sentido a toda nuestra conducta. El ejercicio no parece demasiado complicado: si tenemos hambre tendremos que procurarnos alimento, pero si estamos cansados lo que tendremos que buscar es un lugar donde encontrar reposo. Ahora bien, si sumamos todas nuestras apetencias, todos nuestros propósitos y cada uno de los fines que nos mueven a la acción, ¿podríamos encontrar la motivación general de nuestras vidas? Si la respuesta es afirmativa, con esa motivación general habríamos encontrado un infalible patrón de conducta.
Aristóteles, en el Libro I de la Ética Nicomáquea asume el riesgo y consciente de la dificultad se atrevió a formular una respuesta. Parece, además, que la respuesta del de Estagira fue acertada, pues nunca conocí a ningún hombre que no haya vivido conforme a ese propósito… ¿Cuál fue?



