La felicidad

La felicidad (eudaimonía), dirá Aristóteles. Tal es el fin y propósito de toda vida humana. La respuesta parece sencilla y en cierta medida vacua puesto que aún podríamos seguir preguntándonos en qué consiste dicha felicidad. No existe, creo, una sola respuesta a esa pregunta. Muchos son los elementos singulares que determinan nuestra circunstancia vital y muy distinta la colección de apetencias que, en cada uno de nosotros, podría inclinarnos a buscar esa felicidad en una u otra dirección. Es interesante, sin embargo, contrastar que la vocación inicial de la ética fue dar respuesta a esa pregunta y Aristóteles dedicó a tal propósito, al menos, su Ética Nicomaquea y su Ética Eudemia.
Ser moral, para un griego, sería algo semejante a ser un aristós (de donde proviene, por cierto, nuestra palabra “aristócrata”), un hombre que en razón de sus virtudes podría considerarse excelente. El excelente o virtuoso no sería aquel que obra de manera recta por no atender a su apetencia sino que la virtud consistiría, precisamente, en educar sus apetencias hacia el mejor camino con vistas a que, por medio del hábito, pudiésemos obrar correctamente sin esfuerzo alguno. La ética, por lo tanto, no prescribiría acciones con vistas a cumplir una excelencia sino que determinaría qué apetencias habrían de potenciarse o moderarse para adquirir, en buena razón, la verdadera felicidad.
No es extraño, en nuestros días, entender la moral como un sistema de normas que se imponen a nuestra inmediata apetencia. La necesidad de ser moral queda descrita, precisamente, por la distancia que existe entre la vida que nos apetece vivir y aquella que, a las luces de la moral, debería ser vivida. Parece que las normas morales se ciernen sobre nuestras cabezas fiscalizando nuestras acciones entre aquellas que se adecúan a la norma (social, política, filosófica) y aquellas que deberían ser reprobadas. Tal esquema, constante en la adolescencia y habitual en la vida adulta, no responde, sin embargo, al verdadero origen del discurso ético y arriesga demasiado al enfrentar nuestra libertad con un a veces inasumible canon de conducta.
Por ello, y con vistas a restituir un discurso olvidado pero recientemente vindicado (MacIntyre, Anscombe, Geach) en este blog iremos rastreando las ideas que Aristóteles nos legó en sus textos morales. Veremos, entonces, que al menos en origen, la ética no supuso ningún obstáculo a la libertad sino que, por medio de la evaluación racional, trató de delimitar modelos excelentes que, a fin de cuentas, no buscaban otra cosa que conquistar la por todos perseguida eudaimonía.



