Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

Cuestión de carácter

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Comúnmente describimos a las personas a partir de su carácter. De un individuo podemos decir que es amable, simpático, introvertido o tacaño reconociendo que estas cualidades se pueden atribuir de manera estable a su personalidad. Todos, sin embargo, llevamos a cabo conductas excepcionales y, así, el hombre más valiente puede en algún momento comportarse de manera cobarde. Aristóteles señaló en su Ética Nicomáquea que “una golondrina no hace verano” para advertir, precisamente, que de un solo hecho no podemos extraer un rasgo definitorio de la personalidad de un ser humano. Somos complejos, vivimos insertos en un contexto determinante, albergamos excepciones en nuestra conducta y cualquiera de nosotros, en un momento dado, podría acometer tanto acciones mezquinas como heróicas.

Salvada esta posibilidad de excepción sí parece razonable reconocer que cada uno de nosotros queda definido por el conjunto de sus acciones. Llamamos generoso a aquel que, normalmente, brinda sus bienes a las necesidades ajenas y cobarde a la persona excesivamente temerosa. Sin embargo, no son sólo las acciones las que nos definen sino el motivo que nos lleva a ejecutarlas. Un hombre podría comportarse de manera generosa porque sus amigos le están observando (y espera un juicio favorable) e, incluso, existen momentos en los que obramos de una determinada manera porque no existe posibilidad de hacer otra cosa. Gran parte de la tradición moral occidental centró su análisis en el estudio de las acciones concretas para discernir entre la acción correcta y la incorrecta. Así, sólo nuestro comportamiento podría determinar si, en justicia, estamos obrando o no moralmente.

El matiz que introduce Aristóteles es determinante ya que, aunque los siglos recondujeran a la ética a una mera evaluación de las acciones, el filósofo de Estagira supo entrever que somos algo más de lo que hacemos. Un mismo hecho, entonces, podría ser digno de censura o aplauso dependiendo del motivo que nos hubiera inspirado su ejecución. Si acudo a visitar a mi abuela enferma porque quiero preocuparme por su estado de salud y porque considero justo dedicarla cuidado y atención mi visita, a ojos de muchos observadores, podría considerarse justa. Sin embargo, si realizo la visita con el único propósito de que mi abuela me dé una propina, sin importarme efectivamente si su salud ha mejorado, muy probablemente todos convendríamos en juzgar esta conducta como censurable.

Por sencillo que parezca, esta intuición ética es determinante a la hora de describir el pensamiento moral aristotélico. Definir a una persona no simplemente por lo que hace sino por los motivos que le conducen a la acción es uno de los rasgos más distintivos de la ética de Aristóteles. El hombre justo no será aquel que obre con justicia sino aquella persona que habiendo interiorizado en su carácter la virtud de la justicia obre conforme a ella por una inclinación de su propio carácter. No existirán méritos esfuerzo sino que el hombre verdaderamente justo será aquel que, por carácter de justicia, obre las más de las veces con arreglo a tal virtud. A tal definición debemos no simplemente una teoría ética concreta sino el propio nombre de la disciplina ya que, en griego, êthos es el término que emplearon para designar el carácter. Así, la ética, en origen (y tal origen bien podríamos situarlo en Aristóteles) no sería una ciencia que decidiera qué está bien hacer y que no, sino que trataría de establecer cuáles son las formas de carácter deseables para todo hombre. Claro está, depende del carácter que tengamos nos comportaremos de una u otra manera. Sin embargo, quiero creer con Aristóteles, que efectivamente somos mucho más de lo que hacemos.



escrito el 30 de Mayo de 2009 por en General


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