Las partes del alma

El enfrentamiento interior es una cualidad específicamente humana y, quizá, sea un rasgo constitutivo de nuestra complejidad el poder orientar nuestra conducta conforme a distintas inclinaciones. En ocasiones podemos escuchar a nuestro “yo” racional o, en lugar de obrar conforme a un razonamiento ordenado, podríamos dejarnos llevar por la intuición. Otros autores han preferido privilegiar la dimensión afectiva del hombre para decir, como Pascal, que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. En última instancia, seremos cada uno de nosotros los que decidamos, con arreglo a los diferentes contextos, a qué parte de nuestra conciencia queremos seguir en cada circunstancia. Sin embargo, siguiendo el propósito de nuestro blog, puede resultar de utilidad rastrear el modo en que Aristóteles describió nuestra mente.
En justicia, diremos, los griegos no hablaban de mente (un concepto que, por más que nos resulte familiar, no existe en idiomas como el francés). El término que emplearon los griegos (y así, Aristóteles) fue psyché, un vocablo que tradicionalmente se ha traducido como alma. Por ello, cuando leamos en un autor griego una referencia al alma siempre deberemos tener en cuenta que, lejos de todo matiz religioso, con psyché los griegos querían significar algo semejante a nuestro contemporáneo concepto de mente. El alma en Aristóteles es dividida en dos partes fundamentales: una racional y otra irracional (álogon) (EN, 1102a 30). A su vez, la parte irracional estaría subdividida en dos partes. La primera sería puramente vegetativa, de la que participarían todos los seres vivos ya que es requisito para la nutrición y el crecimiento de los seres orgánicos. La otra parte irracional del alma, siguiendo un argumento jerárquico en importancia, sería la parte apetitivo-desiderativa, que a pesar de ser irracional puede operar conforme al imperativo de la razón.
De la parte vegetativa poco o nada habríamos de ocuparnos en un estudio moral ya que, como indica el propio Aristóteles, se trata de una característica común, no humana, existente en todo ser vivo, que poco o nada tendría que ver con el propósito de la ética: la adquisición de la eudaimonía. Esta facultad del alma obraría de manera inconsciente, por ejemplo, durante el sueño, un estado en el que el hombre bueno (agathós) sería indiscernible del malvado (kakós). Caso distinto es el de la parte desiderativa (orektikón) que participa, de alguna manera, de la razón. En el hombre incontinente (ákraton) esta parte se enfrentará a la razón, pero el hombre temperado (sóphronos) será capaz de coordinar su deseo a los imperativos racionales. Así pues, tres serán las partes descritas por Aristóteles: una parte puramente irracional y vegetativa, una parte desiderativa que adquiere la posibilidad de obedecer a la razón y, por último, una parte puramente racional.



