Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

El placer y el dolor

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Todo sistema moral debe enfrentarse, de una u otra manera, con el placer y con el dolor. Estas experiencias tan cotidianas parecen no requerir ningún tipo de explicación filosófica pues todos hemos sufrido demasiadas veces algún dolor o nos hemos sentido atraídos por una forma de placer. Precisamente por la habitual recurrencia con la que el placer y el dolor aparecen en nuestras vidas y, sobre todo, dada la enorme influencia que estos motivos ejercen sobre nuestra conducta, la ética debe necesariamente describir en qué modo sería deseable afrontar tanto el placer como el dolor.

El placer y el dolor son, sin embargo, fenómenos complejos. Puede que intuitivamente al escuchar estos términos recurramos inmediatamente a una comprensión puramente corporal de éstos. Sentimos placer cuando descansamos en un colchón cómodo y, por ejemplo, sentimos dolor si tropezamos con un bordillo y caemos al suelo. Sin embargo, si pensamos en las vivencias más placenteras o dolorosas de nuestra biografía difícilmente nos remitiríamos a sucesos estrictamente sensibles. La muerte de un ser querido, la conquista de un logro ansiado o el inicio de una relación amorosa son momentos de nuestra vida mucho más determinantes que un acontecimiento aislado que, efectivamente, podría habernos producido placer o dolor.

El dolor, además de ser un fenómeno complejo, aparece ante nuestros ojos como un fenómeno carente de sentido. Puede, incluso, que todas nuestras vivencias pudieran parecer absurdas pero sí parece un rasgo  distintivo del hombre el que nos esforcemos en dotar de sentido a los acontecimientos. Damos razones, buscamos causas, imaginamos finalidades o explicaciones y, en definitiva, tratamos de dar cuenta de los acontecimientos que vivimos con vistas a poder comprender aquello que nos pasa. El dolor, sin embargo, aparece como una experiencia difícilmente comprensible y las más de las veces se nos demuestra carente de todo sentido.

Ya Aristóteles, y después Kant (Köningsberg, 1724-1804), afirmaron que gran parte de las acciones censurables del hombre eran movidas por el apetito de placer y la aversión al dolor. Parece razonable pensar que si los hombres no actúan siempre de manera correcta es porque existe alguna razón que nos lleva a obrar de esa manera. El placer es un buen candidato. Todos los animales buscan el placer y, como dijimos, también nosotros orientamos nuestra conducta conforme a ese mecanismo.  Aristóteles describió la ética como una ciencia orientada a la conquista de la felicidad por lo que parecería contradictorio pensar que debemos renunciar a toda forma de placer con vistas a adquirir una vida ética. ¿Qué hacer, entonces, con el placer y dolor?



escrito el 2 de Julio de 2009 por en General


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