Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

Los motivos de la acción

huella

Comparemos la ética con el ejercicio de la escritura. Imaginemos que una acción moral fuera comparable al modo en que gramaticalmente construimos oraciones. Tanto en la acción como en la redacción podríamos evaluar el resultado a partir de unos cánones de corrección y adecuación. De este modo, las oraciones tienen como canon de corrección la gramática y, dependiendo del caso, una acción moral podría ser evaluable desde distintas corrientes éticas o filosóficas.

En nuestra anterior entrada adelantamos la importancia que Aristóteles concede a la motivación de la acción y al modo en que, prescindiendo de la perspectiva puramente legalista, podemos decidir si una acción es o no moralmente correcta. Si retomamos la analogía entre la construcción de oraciones y la acción moral podremos comprobar de forma clara el motivo por el que Aristóteles trata de fundamentar su discurso moral no tanto en leyes como en modos de ser o formas de carácter.

Imaginemos, por ejemplo, que un extranjero construye una frase en nuestro idioma. Apenas conoce las reglas del castellano pero intuitivamente se aventura a escribir una frase en nuestra lengua. Por motivo del azar y, tal vez, movido por una dosis de certera intuición, este extranjero es capaz de componer una frase en castellano impecablemente correcta. Con las reglas de construcción de nuestro idioma poco más podríamos decir acerca de la corrección o incorrección de la frase (salvando la adecuación contextual, el tono…) ya que, gramaticalmente, resulta impecable. Sin embargo, la corrección de la oración de nuestro amigo extranjero resulta indiscernible de aquella que, también perfecta, ha sido escrita por un catedrático experto en gramática. Cambian, sin embargo, las causas que hicieron a una y otra  ser oraciones correctas. Al primer sujeto le asistió el azar, la fortuna o acaso la intuición. En el segundo caso, tratándose de un erudito profesor de gramática, podemos concluir que la corrección de su oración es debida a su conocimiento y al modo en que este individuo domina la composición del castellano.

Si trasladamos este ejemplo al mundo de la ética encontraremos que, desde una perspectiva puramente legalista -en la que sólo evaluásemos la corrección de una acción- muchos factores podrían determinar el que un sujeto obrara o no moralmente de modo que nuestro juicio quedaría distorsionado. La fortuna o, incluso, motivaciones oscuras podrían conducir a una persona a cumplir formalmente con una ética cuyo contenido se formulara de manera imperativa (p.e. “no se debe mentir”, “se debe ayudar al que sufre”… De este modo, por ejemplo, podríamos llevar a cabo una acción moral con el mero propósito de generar una buena impresión en los testigos que presencian nuestra conducta.

Es por ello que Aristóteles insiste en el hecho de que la moralidad ni puede ni debe reducirse al cumplimiento externo de un patrón de conducta. Como adelantamos en otra entrada, la ética consiste en una “cuestión de carácter”, en un cultivo racional y práctico de nuestra intimidad que nos permita poder llevar a cabo una vida satisfactoria. Desde este punto de vista, creemos, la ética podrá interpretarse de una manera mucho más atractiva puesto que, más allá de lo prohibido o lo permitido, el estudio de la ética nos conducirá a una toma de conciencia individual en la que la libertad y la racionalidad tendrán un papel mucho más determinante que el cumplimiento de un mero código de conducta.



escrito el 8 de septiembre de 2009 por en General


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