Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

La ambición: cuánto y cómo

pezParece razonable pensar que la ambición en su justa medida puede cumplir una función motivadora para invitarnos, por ejemplo, a esforzarnos a la hora de preparar los exámenes. Si deseamos aprobar con buena nota todo el curso estaremos cumpliendo con el primer requisito para encaminarnos hacia ello. Es, por tanto, una ambición justa y moderada el desear cumplir con nuestro trabajo de manera correcta. Un individuo que careciera por completo de toda forma de ambición sería incapaz de desear y, por tanto, estaría impedido para acometer cualquier esfuerzo continuado. Sin embargo, un sujeto cuya ambición no conociera límites constituiría muy seguramente un riesgo para los demás miembros de la comunidad. Debemos,así, calibrar la medida de nuestra ambición y ser capaces de potenciar o contener nuestro deseo de reconocimiento por respeto a las otras personas que, como nosotros, también se plantean un ideal de vida.

En clave aristotélica deberíamos añadir, además, que el término medio con respecto a la ambición no se describe simplemente como un instrumento para el buen funcionamiento de la comunidad en la que vivimos. Es decir, el daño que podría provocar un exceso o una ausencia total de ambición iría más allá del obstáculo que pudieran suponer nuestros intereses para las otras personas. Recordando que el propósito fundamental de la ética aristotélica era la consecución de la felicidad (eudaimonía) deberemos interpretar que un exceso o una carencia de ambición es capaz de generar un daño, además de a terceras personas,  a nosotros mismos.

Un sujeto que ambicionase demasiadas cosas en su vida muy seguramente cosechará grandes fracasos y frustraciones ya que, como todos sabemos, la posibilidad de alcanzar todo cuanto deseamos es ciertamente escasa. Del mismo modo, un hombre o una mujer desposeídos de toda ambición serían individuos absolutamente pasivos y sin ninguna motivación para mejorar su vida. Por ello, debemos alimentar la ambición con una cierta moderación para poder equilibrar nuestros deseos con nuestras posibilidades y, por supuesto, con los deseos particulares de las personas que nos rodean.

Otro aspecto que Aristóteles afronta con respecto a la ambición es la evaluación moral de aquello que ambicionamos. Dicho de forma sencilla: no sólo importa cuánto ambicionemos sino qué es aquello por lo que sentimos ambición. Aunque fuese en una medida moderada no parece una ambición sensata el desear que todo el mundo se enamorara de nosotros de la misma manera en que tener la ambición de mejorar el mundo, aunque pueda resultar excesivamente optimista, puede convertirse en un deseo legítimo en ciertos momentos de nuestra vida. Para ello, y devolviendo la pregunta a su origen, concluiremos que para Aristóteles es virtuoso aquella persona que ambiciona moderadamente y que, dentro de ese límite, tiene por objetos de deseo propósitos justos y deseables.

Puede que la pregunta no haya quedado respondida del todo ya que podríamos volver a cuestionarnos qué entendemos por propósitos justos y deseables. Sin embargo, en la medida de nuestras posibilidades, examinar nuestras ambiciones y cuestionar en qué medida pueden resultar justas puede ser un buen comienzo si queremos vivir de manera aristotélica. Quizá alguien lo consiga.



escrito el 9 de diciembre de 2009 por en General


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