Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

Justicia, ley e individuo

comunidadSegún la última acepción de justicia que estudiamos en Aristóteles convenimos que, entre otros muchos significados, podíamos distinguir como justas aquellas acciones que estuviesen de acuerdo con la ley. Sin embargo, para confirmar que efectivamente acometemos un acto justo cuando obramos conforme a la ley deberíamos interrogarnos antes por el origen de la ley misma. De este modo, podríamos preguntarnos, no parece del todo claro que toda acción legal pueda reconocerse como una acción justa. Dicho de otra manera: el que una acción se inscriba o no dentro de los márgenes de la ley simplemente determinará su legalidad ya que la justicia o injusticia de tal acción dependerá, necesariamente, de si la ley es justa o injusta.

En la entrada anterior adelantamos un ejemplo en el que el cumplimiento de la ley podría llevarnos a obrar de forma injusta. Tan sólo tenemos que imaginar una ley cuyo contenido sea moralmente reprobable para comprender que justicia y legalidad son dos conceptos que no tienen por qué estar ligados necesariamente. La Historia da buena cuenta de ello ya que numerosas comunidades a lo largo de los siglos –y aún en el tiempo presente- han estado regidas por leyes manifiestamente injustas.Tal debilidad se debe, en gran medida, a que las leyes son fruto de la acción del hombre. Aristóteles distinguió entre la  justicia natural y justicia legal al afirmar que si bien la primera es universal la justicia legal depende de las decisiones humanas, siendo por tanto temporal y cambiante. Así, las leyes de la naturaleza son constantes ya que, como afirma el filósofo,”el fuego quema igual aquí que en Persia”. Sin embargo, lo que hoy está prohibido según una ley determinada mañana puede estar permitido si, por ejemplo en democracia, así lo establece el pacto entre ciudadanos. Por ello, asumiendo las palabras del discípulo de Platón, una actualización de la doctrina aristotélica podría conducirnos a evaluar la justicia o injusticia de las leyes que nos rigen.

Constatamos así cómo la ética no nos afecta en tanto que individuos aislados sino que inspira (o tendría que inspirar) gran parte del discurso político. La deliberación racional y el pensamiento crítico, en su variante práctica, habrán de servirnos para el gobierno de nuestra propia vida en la medida en que nuestra acción queda enmarcada en una comunidad de intereses. Aquello que es bueno para mí debe conciliarse necesariamente con lo que es bueno para mis semejantes. Por ello, a la hora de imaginar qué leyes deben considerarse justas no podemos velar exclusivamente por nuestros deseos individuales sino que toda ley, en tanto que rige el comportamiento de una comunidad en su conjunto, ha de adquirir un compromiso con el bien común. Parece, por tanto, que la política, lejos de ser una actividad lejana y abstracta requiere nuestro compromiso individual ya que la ética, además de procurar nuestra propia felicidad, habrá de tener muy en cuenta la felicidad de todas y cada una de las personas que nos rodean.



escrito el 29 de Diciembre de 2009 por en General


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