Amigos, rasgos, personas
La amistad es, entre otras muchas cosas, una forma de afecto. Esto en nada impide el que sigamos considerando la amistad como una forma de elección ya que, por ciego que sea el amor, parece complicado el que personas desagradables despierten en nosotros sentimientos cordiales. En castellano contamos con varias vocablos para significar distintas formas de afecto: cariño, estima, aprecio o amor son palabras que comparten gran parte de su significado y, sin embargo, cada uno de estos conceptos incorpora matices distintos.
En griego, entre otras muchas, se da una clara diferencia entre los conceptos de eros y philía. El primero es el afecto que se genera, por ejemplo, entre dos enamorados y es una forma de amor que incorpora consigo una cierta sensualidad; la philía, en cambio, es un concepto cercano aunque no idéntico a lo que hoy denominamos con la palabra amistad. La ética para Aristóteles es, como señala el título de nuestro blog, algo semejante a una ciencia del buen hacer. Esta ciencia del buen hacer sería también, necesariamente, un recurso para saber elegir correctamente. Por ello, Aristóteles, al abordar el tema de la amistad en la Ética Nicomáquea comienza preguntándose por el modo en que elegimos a nuestros amigos.
Si observamos nuestra propia vida descubriremos que en cada uno de nuestros amigos “amamos” -ya admitimos que la amistad es una forma de amor- algo distinto. La espontaneidad de Alberto, la generosidad de Alba, la alegría de Chema o la fidelidad de Carol son motivos con los que podríamos dar razón (reparemos en esta expresión) de quiénes son nuestros amigos. Conforme a esta descripción parece complicado distinguir, sin embargo, si lo que amamos son las personas mismas o son los rasgos y características las constituyen. Es más, cabría preguntarse incluso si somos algo distinto del conjunto de cualidades que nos definen a cada uno de nosotros.



