Autoestima y amor propio II
La autoestima, interpretada desde una perspectiva aristotélica, incorpora consigo una gran dosis de responsabilidad. Somos responsables de lo que somos y, en cierto modo, también responsables de aquello que valoramos y potenciamos en nosotros mismos. La indeterminación de la naturaleza humana es que la que nos brinda la posibilidad de ser casi cualquier cosa. El animal se comporta conforme al instinto al igual que la piedra está regida simplemente por las leyes de la física y sin embargo, en el hombre, existe una indeterminación natural sobre la que decidimos y actuamos.
Cada uno de nosotros interpreta su vida propia como una tarea, un proyecto en el que naturalmente tendemos a procurarnos el mayor bienestar y agrado, dirá Aristóteles. Perseguimos el placer y huimos del dolor pero tales sensaciones, de apariencia tan simple, adquieren una complejidad infinita si las interpretamos con cuidado. Existen muchas y diferentes formas de placer al igual que existen muchas experiencias que tratamos de evitar. Cada uno de nosotros ejerce, por tanto, un cuidado sobre su propia vida ya que existe un aprecio natural por las cosas que nos son propias.
Todos tenemos aquello que modernamente hemos llamado “amor propio” pero sin embargo no todos, o al menos no todas las personas en todos los momentos de nuestra vida, tenemos un nivel saludable de autoestima. El aprecio por las cosas de uno se construye en un primer momento sobre la conciencia de que existen cosas que nos son propias, es decir, que nos incumben en tanto que son nuestras. Ahí situamos la importancia del proyecto propio que ilustramos con el ejemplo de los intereses individuales: cada persona tiene unos deseos, unos proyectos y unos intereses. Sin embargo, de ese cuidado, de esa preocupación por la vida de cada uno no puede afirmarse el que exista un verdadero aprecio por nuestra propia persona. De hecho, en muchas ocasiones, ese interés por lo propio estará reñido con una verdadera autoestima.


