Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

Placer, placeres y felicidad

Pasa el tiempo y, poco a poco, vamos acercándonos a la que fuera la conclusión de Aristóteles para su doctrina ética. Una ética intrepretable, en cierto modo, como un recurso racional que nos permitiría acceder ,si no a una vida feliz, si al menos, a una vida mejor. Todo discurso ético, y el de Aristóteles no podría ser menos, tiene que enfrentarse a una cuestión que, por obvia, no puede dejar de problematizarse. A saber: el papel que el placer y el dolor han de jugar en la conquista de la felicidad.

El placer, asumido desde una perspectiva global (es decir, como una sensación de agrado que admitiría distintos grados de complejidad) es un buen candidato para identificarlo como el motor de la vida de cualquier persona. En el fondo, su persecución opera como un implícito en nuestras tomas de decisiones: todas las personas tratamos de huir del dolor y perseguimos aquello que identificamos como placentero. Así podrían explicarse muchas decisiones, desde algunas absolutamente inmediatas e intuitivas (en qué lugar me siento al llegar a una reunión) hasta decisiones mucho más complejas y dignas de deliberación. Sin embargo, todos estaríamos dispuestos a afirmar que el placer es preferible al dolor.

Una cosa muy distinta, sin embargo, sería anteponer la consecución del placer a cualquier otro propósito en la vida ya que, incluso, podrían distinguirse distintos tipos de placeres. De este modo, parece insensato sacrificar un placer constante y continuado como el que produce en nosotros la autoestima para, por ejemplo, procurarnos un placer inmediato. Igualmente, entre los distintos placeres entre los que podemos optar parece razonable decantarse por aquellos más duraderos y de más calidad. Aristóteles rastrea la opinión de algunos filósofos anteriores para concluir que por más que podamos distinguir al placer como una forma de bien no debemos confundirlo con el bien mismo. De hecho, para identificar al placer con el bien mismo habría que introducir tal cantidad de matices en el concepto de bien que acabaría por convertirse en un placer irreconocible. Pese a todo, parece difícil imaginar una vida feliz sin placeres o con una excesiva presencia de dolor. ¿Es acaso imposible alcanzar la felicidad?



escrito el 10 de mayo de 2010 por en General


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