Aprender a Pensar

Repensar la Educación

La ciencia del buen hacer

Diego S. Garrocho Salcedo

UAM / MIT / BC

Animales libres, al fin…

brujulaPara Aristóteles el hombre es el único animal que actúa (EE 1222b15 y 1139a 20). Lógicamente, cabría pensar, todos los animales actúan en un cierto modo. Así, de los leones, de los mosquitos o de los delfines podemos decir que hacen cosas puesto que interaccionan con su medio y son capaces de llevar a cabo acciones con vistas a un fin. Tal concepción podría hacerse incluso extensiva a las plantas quienes también son capaces de orientar su movimiento y crecimiento en busca de recursos como el agua o la luz solar. Sin embargo, para Aristóteles el hombre es el único animal que actúa en la medida en que es el único agente capaz de actuar moralmente.

Aristóteles, como vimos, distinguió al hombre como un animal racional (zoon logon échon, Pol. I 2, 1253a 10) lo que, sin embargo, no impide que podamos considerarlo como un animal. Es cierto que la racionalidad es una cualidad específica y determinante a la hora de distinguir al hombre de las bestias pero, en tanto que animal, el hombre comparte con las demás especies un rasgo importante: el hombre, además de tener razón, es un animal cuyo comportamiento se encuentra regido por el deseo (órexis). Parece indudable que, en nuestra vida cotidiana, muchas de nuestras acciones están movidas por el apetito o el deseo. Acudimos a la nevera cuando tenemos hambre, bebemos si tenemos sed o llamamos a un amigo cuando tenemos ganas de hablar con él. En otras muchas ocasiones somos capaces de subordinar el deseo inmediato a un deseo más importante. Por ejemplo, como dijimos algunas entradas atrás, somos capaces de sacrificar un momento de ocio para estudiar un examen. Esta elección lo que parece indicar es que nuestro deseo de aprobar un examen es más grande que, por ejemplo, la necesidad de ir al cine o jugar un partido de baloncesto.

El deseo del hombre es, como para el resto de los animales, el motor fundamental de nuestra conducta. Sin embargo, dirá Aristóteles, los animales rigen su conducta exclusivamente por su deseo mientras que los hombres, en la medida en que somos racionales, podemos mitigar, orientar o retener el impulso de nuestros apetitos. Esta capacidad es la condición de posibilidad de nuestra libertad, una libertad de la que, por otra parte, depende nuestra responsabilidad moral.

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